15 junio 2011

Padre por un mes

Esta nota salió publicada en el diario el Heraldo de Bogotá, Colombia
Como dice su autor, un joven soltero que vive solo en su apartamento, durante un mes tuvo que hacerse cargo de su hermana y sus dos sobrinitos. He aquí sus impresiones luego de su experiencia.

Debido a ciertos problemas, tuve que ayudar a mi hermana y hospedarla en mi apartamento en Bogota junto con mi sobrina de 6 años y mi sobrino de 4 (recién cumplidos la semana pasada). Quiero compartir con ustedes esta experiencia tan linda que justo hoy cumple un mes.
1. El primer día fue una muestra de esa vida caóticamente fantástica (o algo así) de la que habla un comercial de pañales. Tuve que cargar 4 maletas hasta el sexo piso por las escaleras (el ascensor se había dañado un par de días antes); tenga en cuenta que soy un flaco enclenque, fumador, que trabaja desde su casa y nunca hace deporte. Al rato mi eternamente enfermo sobrinito decidió que mientras estaba acostado viendo televisión, lo mejor que podía hacer era vomitar un paqute de Chitos y un juego que se había comido hacía 10 minutos: el desastre le empapó toda la cara, la ropa y, por supuesto, mi amada cama. En la universidad me tocó ayudar a un amigo que hizo lo mismo después de una barra libre de cervezas y posteriormente con otro que no sólo vomitó sino que al mismo tiempo le fallaron los intestinos, así que hacerlo con sangre de mi sangre no fue tan caótico o traumático.
2. Mi apartamento es pequeño pero con las comodidades necesarias para un soltero. Pero dadas las circunstancias, cambié mi trajinada pero confortable cama por un sofá-cama que es tan cómodo como tener una piña en el sobaco: sus diseñadores tuvieron la idea de atravesar una tabla de madera de modo que, sin importar la posición que uno adopte, cada vértebra de la columna sufre desviaciones milimétricamente peligrosas después de cada dormida. En las noches que mi sobrinita insiste en dormir conmigo el dolor se vuelve imperceptible gracias a sus ronquidos.
3. Evito a toda costa madrugar, incluso para cuestiones laborales. Pero es inevitable despertarme todos los días a las 5 am cuando mis sobrinitos se están arreglando para ir al colegio. Aunque lo realmente jodido es cuando me toca recogerlos: 40 minutos en bus (la plata no me alcanza para coger taxi) a la ida, otros 40 de regreso y siempre con el estrés de estar con dos infantes cargados hasta los dientes de libros, cuadernos y loncheras. Y es inevitable sentir las miradas de pesar, sobre todo de las señoras: me sonríen como pensando: “Ayyy, ese muchachito tan joven y se dañó la vida con dos criaturitas”. Si tanto les preocupa mi situación, díganmelo y llévenselos (así sea a uno)… yo veré que excusa le invento a mi hermana cuando llegue a la casa.
4. Intento ser muy responsable en el trabajo, pero a veces me da pereza. Soy feliz escribiendo y aun así a veces me da pereza. Así que no es extraño que por mucho que adore a mi sobrinita, me dé pereza ayudarle con las tareas. Carezco de la paciencia necesaria para enseñar y resolver dudas y termino diciéndole: “si, muñeca, así está perfecto 3 + 3 es 5, te felicito”. Mi sobrinito es el polo opuesto y se pone bravo cuando se le acaban las tareas; lo que no entiendo es cómo no se aburre después de 4 meses haciendo planas del número 1 en diferentes formatos.
5. Adoro ver televisión y cuento con todo lo necesario (paquete completo de canales, decodificador con grabación, suscripción a Blockbuster y a Netflix) para tener siempre algo que ver. La única falla en todo este esquema es que, como vivo sólo, pues sólo tengo un televisor. En vez de Spartacus por Movie City veo Dino Dan por Discovery Kids y he tenido que acostumbrarme a las mariconerías de Grachi (auque confieso que no me pierdo un capítulo) en Disney Channel, Lazy Town y unos tipos de 30 años a los que no les da vergüenza llamarse Los imaginadores.
6. Me aburrí del “¿y por qué?” constante de mi sobrinito y sospecho que sólo lo hace por mamarme gallo y sacarme la piedra (tengo la certeza de que detrás de esos ojitos tiernos y esa sonrisita cautivadora se esconde una fuerza maligna). Lo mismo me pasó con mi hermanita (sé que mis amigos están pensando con gestos y ademanes lascivos: “¿hermanita?, ¡yo le hago la vuelta!”) pero no quiero hacerles a mis sobrinos el mismo mal que le hice a ella: inventarme cualquier respuesta con tal de quitármela de encima. Y si se trata de preguntar, mi sobrinita heredó el afán comunicativo de su mamá (mejor dicho, es chismosa) y se pone brava cuándo me pregunta para dónde voy, qué voy a hacer, con quién me voy a ver y yo no le respondo.
7. Cuando se portan mal, me toca castigarlos quitándoles los videojuegos o la televisión. Pero entonces termino siendo el ogro de la película (sí, sé que lo soy y en todos los aspectos) y además también me veo perjudicado porque me toca dejar todo apagado.
8. Gracias a las traducciones de los programas infantiles, los niños de ahora usan palabras que, aunque correctas, ningún adulto las emplea. Es chistoso oírlos decir “tío, ¿me dejas jugar Discovery Kids en la COMPUTADORA?”, “tío, ¿viste cómo Ben 10 LANZÓ al malo y a sus SECUACES POR LOS AIRES?” o "estoy ENOJADO".
9. Como es tan consentido, mi sobrino no es capaz de quitarse sólo las camisas y cuando lo hace se desespera y llora porque se le enreda en la cabezota y supongo que la sensación de ahogo y encierro le parecerá maluca. Pero lo peor es que cuando hace popó todavía necesitan que lo limpie. El problema es que sólo tres personas en el mundo están dispuestas a hacerlo y yo no soy una de ellas. Así que cuando le dan ganas, el pobre me pregunta si la mamá o la tía ya están por llegar al apartamento. En esos casos lo pongo a jugar Wii para que quede cansado, le de sueño y así se le embolate la necesidad.
10. También creo que mi sobrino tiene problemas mentales severos o está endemoniado. En mi afán de recordarle sus orígenes costeños, le pregunté: “Santi [no soy tan ridículo como un amigo que le dice Tiago a su hijo Santiago con la esperanza de que sea el próximo Tiago Mota], ¿tú de dónde eres?”. No dijo que era de Barranquilla, tampoco de Bogotá. Me respondió: “del espacio, tío”. El pobre insiste en que él vino en un cohete con un amigo robot al que llama Chun pero no puede volver ni Chun puede venir al rescate porque hubo un accidente y se quedaron sin gasolina. A veces Chun está muerto y a veces Chun viene de visita. A veces mi sobrino dice que no es humano sino robot y en una ocasión bastante aterradora me dijo “Tío, quien te está hablando es Chun, no Santiago. Mis sistemas internos están fallando” y a los 2 minutos me dijo “Tío, ahora sí soy yo. Chun ya se fue”. Estuve a punto de llevarlo de urgencia… pero a la iglesia cristiana que queda diagonal a mi casa.
Antes creía que podría ser un buen padre, después de lo vivido hasta ahora (y de lo que falta) estoy seguro que sería el peor. Como lo hago con mis sobrinos, estaría dispuesto a hacer los sacrificios necesarios para que no les falte nada a mis hijos. [NOTA. Cuando escribí por primera vez la frase anterior noté que en vez de usar el condicional “daría”, “llevaría” o “escatimaría” escribí “daré”, “llevaré” y “escatimaré”. ¿Me traicionó el subconsciente?]. Pero me da miedo equivocarme en la crianza que les pueda dar por muy buenas que sean mis intenciones. No saber qué decirles, qué enseñarles, cómo regañarlos o cómo hablarles me preocupa. Pero más me aterra hacer todo lo anterior de forma equivocada creyendo que lo hago de la manera correcta. Puede que parte de la vida sea cometer errores, pero prefiero cometerlos conmigo y no con unos pobres “inocentes”. También creo que se requiere mucha paciencia y dedicación para tener hijos, sobre todo cuando están tan chiquitos como mis sobrinos, y yo he demostrado que carezco de ambas cualidades.
Puede que mis puntos puedan parecerle poco importantes o estúpidos (un saludo a las novias de mis amigos para las cuales todo lo que yo digo, no digo, hago, no hago, pienso o no pienso entra en la categoría de la estupidez más grande del universo) pero son relevantes para mí y con eso me basta. No me malinterpreten: si tuviera que volver a acogerlos, lo haría sin pensarlo. Pero no me siento preparado para perder la libertad que me da estar soltero (tengo novia, pero legalmente eso no es un estado civil), vivir sólo y hacer lo que yo quiera cuando yo quiera. Y tal vez sea cierto aquello de “es diferente cuando los niños son de uno” y tal vez algún día me tragaré mis palabras (sería complicado sobre todo si alguien imprimiera todos mis artículos donde reniego de los hijos y me los hiciera comer) pero creo que por ahora prefiero seguir siendo el tío chévere.

30 mayo 2011

Para qué sirven los hijos

Alejandro Rozitchner se autodenomina filósofo (no estoy seguro que tenga un diploma de alguna facultad de Filosofía, por ejemplo).
Es argentino y es muy común verlo en la Tv o leer sus notas en temás tan alejados de la filosofía como la política, por ejemplo.
Suelo no coincidir casi nada con él en esos casos, lo cual supongo no le provoca ninguna angustia personal. (A mi tampoco).
Para mi sorpresa, esta mañana apareció una nota en el diario La Nación con el título "Para qué sirven los hijos", de la cual he extractado toda su parte final para reproducirla aqui.

Los hijos son, sí, para quererlos, y así, también, para que la capacidad de querer se haga más grande. Desde que fui padre tengo la sensación de que el fondo de la existencia es más cálido, que está acolchonado, y tengo menos motivos para asomarme a visiones del mundo angustiadas y descorazonadoras. Esa capacidad de querer incrementada se vuelca también sobre las demás realidades, da sentido a muchos proyectos personales e incentiva la producción de ganas en otros variados campos de posibilidad. Los hijos decantan como un poder personal incrementado.
Los hijos son para asomarse a la muerte. Uno entiende más cómo es la vida. Ese que llega pone en evidencia el sistema de aparición en el mundo de la forma más patente que pueda darse, y por ende da a entender también que la natural culminación del proceso está en el horizonte. Y que uno está más cerca de ella, ahora que es grande y fue capaz de ser padre. (Sí, no toda paternidad, o maternidad, es garantía de adultez, pero no puede negarse que implica un incentivo notable hacia la maduración). Así, podemos decir que los hijos son también para aprender a morir, para sentir incluso que la desaparición personal ya no es tan grave como parecía antes, porque la realidad que continúa tras nuestra aniquilación futura nos parece ahora más valiosa y consistente.
Tener hijos es para relativizarse, para ponerse un poco entre paréntesis, para suavizar el arrasador narcisismo que nos hace estar extasiados frente a nosotros mismos preguntándonos constantemente acerca de nuestro sentido y nuestro valor, muchas veces quietos y cautos ante las respuestas posibles, en vez de tomar el más valioso camino de la expresión y el riesgo. Los nenes te dicen: ¿podés dejar de estar tan pendiente de vos mismo y prepararme una lechita chocolatada? Los hijos nos echan al mundo, al mundo en el que están como protagonistas centrales de la película en la que ahora hemos pasado a ser actores de reparto. Paradójicamente, este rol secundario resulta en muchos sentidos liberador, y abre a una experiencia más plena.
Los hijos sirven también para conectarse y participar de la creación de un mundo nuevo, en el que ellos están ubicados por mera vibración sensorial, y al que nosotros accedemos -si nos abrimos a él- gracias a ser sus parientes. La cultura cambia todo el tiempo, ahí radica su vitalidad y su sentido. Ellos están surfeando esa ola desde otra posición, y acercar la nuestra a la de ellos permite tener una visión más grande del movimiento y lograr una participación más abierta.
Los hijos sirven para entender a los padres propios, y perdonarlos, o todo lo contrario. Sí, puede darse el: ahora entiendo a mamá o a papá, pobres, el despelote que trajimos a sus vidas. Pero también se da el: ¿cómo?, ¿les había nacido un hijo -yo- y ellos estaban encandilados con esas boludeces que estaban viviendo, en vez de dedicarse a quererme plenamente?
Los hijos sirven para captar el sentido de la vida. El sentido de la vida es el crecimiento, el desarrollo, el avance. Todo ser viviente está viviendo su despliegue, o padeciendo la imposibilidad de vivirlo. Sí, incluso los muy mayores crecen, a su modo, y de formas que los no tan mayores a veces no podemos entender. Los hijos son explosiones, desarrollos veloces, big bangs existenciales, y cualquiera que esté cerca de un nene o de una nena queda capturado por su onda expansiva.
Y una más: los hijos sirven para entender también el sentido de la política. ¿Para qué meterse en el berenjenal? Para aportar a la construcción de una realidad en la que ellos encuentren el eco necesario, para desactivar la indiferencia y producir lo que es necesario producir. La política deja de ser la banal novela del poder para evidenciar su trasfondo necesario, su utilidad y su valor.
Ninguna de estas cosas implica el sacrificio o la autopostergación. Incluso cuando un padre, o una madre, siente que recorta sus posibilidades, lo que hace en verdad es reordenarse, ganar en profundidad, en densidad, en sentido.
Tener hijos es la cosa más increíble del mundo.